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UN NUEVO TIEMPO

Fecha: 03/05/2018

UN NUEVO TIEMPO

 

 

Mt 27, 50-54

“Jesús, lanzando un nuevo grito, entregó su espíritu. El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa. Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaban a Jesús decían muy espantados: —Realmente éste era Hijo de Dios”.

 

El velo rasgado del templo representa la ruptura, el cambio, el quiebre necesario entre una concepción religiosa y humana asfixiantes en formas, estructuras, costumbres y exigencias, y el paso a un nuevo tiempo en el cual la cercanía de Dios, la dignidad y necesidad del hombre, y el puente de encuentro en la misericordia, serán fundamentales.

 

Dios se paseaba cada tarde en medio de su creación (Gn 3, 8-9), Moisés podía acercarse a Dios y contemplarlo cara a cara (Ex 24,9-18), los 3 peregrinos y un solo Señor que visitan Abraham y Sara (Gn 18,1-15), David bailaba en tono al Arca de la Alianza (1 Sam 6, 14-15)…la cercanía de un Dios que nos busca se expresa de diversas maneras, sin embargo poco a poco se marcará la distancia: el templo mismo y el grupo de sacerdotes llamados a custodiarlo, significarán una distancia cada vez mayor, a la que sumaran cientos de preceptos y normas, oblaciones y purificaciones, que harán de la cercanía de Dios con su pueblo un imposible.

La experiencia de Dios se hará compleja y distante, difícil e inalcanzable para muchos, encerrándose en un grupo cada vez más exclusivo y excluyente.

Jesús al asumir nuestra humana naturaleza rompe esa distancia sideral entre Dios y los hombres, es Dios mismo que camina en medio nuestro, que se comunica, que acoge y levanta, sana y reconcilia, come y comparte. Todo lo humano pasa a ser camino de encuentro. El mismo, que venía por las ovejas descarriadas del pueblo de Israel (Mt 15), va tomando “conciencia creciente”, de que su mensaje, sus gestos, actitudes y palabras de salvación son para todos y no para unos pocos perfectos y escogidos. La misma llamada y confirmación de sus discípulos son un claro signo de la universalidad de su misión.

El velo representa esa distancia que se había trazado entre Dios y la humanidad; un velo espeso a través del cual ya no se podía contemplar el misterio, un velo asfixiante por la carga pesada, que significaban la observancia estricta de formas y normas.

Jesús con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección inaugura un tiempo nuevo, “hace nuevas todas las cosas”. Sus palabras, gestos y actitudes nos acercan a Dios y nos reconcilian con Dios, con nosotros mismos y entre nosotros. Nos hacen sensible y concreta la experiencia de Dios. Y, si bien, nos deja espacios de encuentro en su Palabra, enseñanza y en los sacramentos, no podemos olvidar que la creación, la humanidad, cada uno de nosotros y, especialmente, los frágiles, necesitados, vulnerables, pobres y marginados, son espacios privilegiados de encuentro con el Dios de la vida y de nuestras vidas.

 

La experiencia, que como iglesia chilena estamos haciendo, es un signo elocuente, un grito desesperado, un impacto tremendamente necesario para “hacer nuevas todas las cosas”.

El doloroso camino que venimos recorriendo desde hace tanto tiempo, un camino que ha significado una profunda herida en las víctimas de abusos, una herida en la fe y confianza de nuestro pueblo creyente, “un gran dolor y vergüenza”, una desafección social frente a la iglesia…se han ido constituyendo como el camino necesario de sanación, partiendo por asumir esta dolorosa realidad.

Los abusos en sí mismos y el abandono de las víctimas, la errática y negligente conducción, la incapacidad de comprender los alcances y consecuencias de lo vivido en toda nuestra sociedad y en nuestros fieles, nos revelan el espesor de un velo y la asfixia de una realidad que necesitaban ser rasgados, para una dolorosa y necesaria renovación.

 

-Gesto de rasgar un velo: música, Lacrimosa del Réquiem de Mozart, silencio, invitación a que cada uno se acerque y rasgue el velo expresando con sus palabras o con su silencio el dolor, la rabia, la desilusión, la esperanza y la fidelidad en este momento de crisis-

 

Ante la evidencia surge la verdad; ante el dolor y la desilusión renace la esperanza. La infeliz intervención del Papa al dejar Chile; su esperanzador arrepentimiento en pleno vuelo de regreso a Roma; la visitación y posterior informe de Monseñor  Scicluna; la carta del Papa que remeció a nuestra jerarquía eclesial y a todos nosotros también, cuando parecía que no habría una reflexión y confrontación a la altura de las circunstancias; la invitación y visita de las tres víctimas emblemáticas de Karadima al Vaticano, quienes fueron recibidos, escuchados y alentados por el Santo Padre, partiendo por el reconocimiento humilde de su error y el necesario perdón; han rasgado el velo que nos impedía, no sólo asumir esta dolorosa verdad, sino mirar con esperanza el futuro.

 

Tres actitudes quisiéramos cultivar en este nuevo tiempo, porque queremos ser colaboradores activos en los cambios y nuevos acentos que se vienen; los que más allá de medidas inmediatas necesarias, tienen que ver con la forma como somos iglesia, la manera como nos dejamos interpelar, enriquecer y complementar por la realidad, el mensaje de Jesús en gestos, palabras y actitudes que queremos anunciar y compartir.

 

  1. Reconciliar

 

Porque lo vivido nos ha herido y ha herido a muchos. Reconciliar es dar el espacio para que se exprese lo que siente y se piensa. Cuántas veces nos movemos desde lo políticamente correcto, lo que conviene, incluso el error de colocar la institución por sobre las personas. Escuchar con humildad, sin defenderse ni culparse, sencillamente buscando el reencuentro, el abrir los canales de diálogo, el dejarnos complementar, el remecernos con la realidad que tenemos que asumir en errores, miserias y pecado.

 

  1. Reparar…

-el gesto que nos acompañará será reparar literalmente el velo que rasgamos, hay lana y agujas; entre todos iremos zurciendo los retazos. No se trata de  dejarlo tal cual estaba, sino que serán retazos remendados, costuras visibles que nos recordarán las heridas, el dolor y la rabia, la esperanza de volver a comenzar desde hechos que no podemos dejar pasar. A diferencia del gesto de rasgar que fue individual, este gesto será comunitario, porque el reparar nos cabe a todos y entre todos. Solidariamente reparamos las heridas. Música festiva, Amelie-

 

Queremos ser protagonistas de este tiempo de reparación con nuestra oración y también con hechos concretos: reflexionar nuestra forma concreta de ser iglesia, acercarnos a quienes experimentan marginalidad y buscar formas concretas de inclusión y participación, desarrollar iniciativas pastorales a nivel personal, familiar y comunitario que coloquen en el centro los gestos, las palabras y actitudes de Jesús, observar y aprender de la pedagogía del Papa en su encuentro con las víctimas y en el camino nuevo que nos interpele a recorrer; discernir juntos; ofrecer y reparar con oración y entrega.

 

  1. Renovar

Es un eco de lo anterior, en el sentido de participar activamente en el proceso que viene. Creemos en la conducción de Dios, en la forma como ha intervenido para hacer de este tiempo difícil una luz de esperanza, y creemos también en nuestra colaboración.

La iglesia que gime por nacer es una iglesia familia y mariana que de a la luz a Cristo en gestos, palabras y acciones concretas, especialmente con los que experimentan dolor, marginalidad y vulnerabilidad.

Lo que hagamos o dejemos de hacer tendrá una resultante en el mundo concreto que nos toca vivir, especialmente en un tiempo de crisis en el ejercicio de la autoridad, de búsqueda de espacios de inclusión y participación, de una mayor igualdad y equidad en las oportunidades, de una necesaria valoración y protagonismo de la mujer, de una auténtica solidaridad en nuestras necesidades y posibilidades.

 

Gesto final: el manto rasgado nos develó la imagen de María con el Niño. Ella, como la iglesia que necesita dar a la luz nuevamente a Cristo en este nuevo tiempo, no sin dolor ni confrontación, pero sí con la esperanza de un tiempo nuevo.

 

 

El velo ya no será un velo que asfixia ni impide ver la realidad de Dios y la humanidad, será un manto en los hombros de María, un manto para acoger a todos sin excepción, especialmente a los pequeños y marginados, los sufrientes y abandonados. Un manto a la manera de esas imágenes que surgieron a partir del siglo XIII, bajo el amparo de María están todos: ricos y pobres, obispos y pueblo, hombres y mujeres, laicos y consagrados…todos necesitados de la protección de María, de la misericordia de Dios; todos, sin excepción, tenemos un lugar en la comunión eclesial.

Con todos ellos queremos rezar:

 

Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las oraciones
que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien
líbranos de todo peligro,
¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Amén.