Actividades - Retiros

Fecha: 05/04/2018

Horario:

MEDITACIÓN/RETIRO CENTRO LA PROVIDENCIA,

PASCUA 2018.

 

“¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: “Fuimos tratados con misericordia” (1 Tm 1,12-16). En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordiaNo estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los “mortales”. Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría” (SS Francisco, Catedral).

 

¡Cómo cambio la mirada y la actitud de tantos que se encontraron con Jesús en el camino! Ese encuentro personal cambia la mirada, no en primer lugar porque seamos perfectos y cumplidores con un grado de comportamiento moral sobresaliente, tampoco por nuestro activismo y compromiso con todas las causas posibles, ni por una piedad a prueba de pruebas, ni menos por una observancia irrestricta a todos los preceptos, normas y formas…hay que pensar que muchos de los que se encontraron con Jesús no lo reconocieron o, más triste aún, reconociéndolo, no lo siguieron por el apego a una vivencia formal y moral de su o a sus aspiraciones de poder e influencia; lo que cambió realmente la mirada y actitud como consecuencia, fue el experimentar en lo más hondo de nuestro ser, de nuestra historia y de nuestra propia realidad, la misericordia y el amor de Dios.

 

Surge la pregunta acerca de la experiencia vital de las mujeres que no abandonan a Jesús, ni huyen, incluso se acercan a su tumba para ungirlo o, al menos, estar cerca de su maestro. Ellas, a diferencia de los apóstoles y muchos discípulos, experimentaron a Jesús como aquel que las sanó, las perdonó, las dignificó, en muchos casos sencillamente las visibilizó y las liberó de su marginalidad. Cuando hemos experimentado esa intensidad del amor, difícilmente se abandona al amado que nos ha amado tanto.

Los apóstoles y discípulos más cercanos harán esa experiencia después de la resurrección, cuando Jesús no les reprocha su traición, su cobardía y su miedo, cuando no les reprocha su ambición de ser parte de un reino poderoso y que, desilusionados, lo abandonaron ante el aparente fracaso de sus expectativas. Sólo al ser “misericordiados” entienden de qué se trata el Reino inaugurado por Jesús: un Reino fundado en el amor y la misericordia, en la libre adhesión y observancia, en la entrega generosa como expresión de ese amor y misericordia.

 

Dentro de las mujeres destaca María Magdalena, objeto de muchas novelas y especulaciones; lo cierto es que ella representa a esa humanidad real, necesitada de misericordia en sus miserias y búsquedas, y que por tan amada se transforma en misionera del amor de Jesús. Él le cambió la vida y la existencia. María, Magdalena, misericordiada y misionera.

 

María Magdalena aparece así, como imagen de la Iglesia verdadera: “una iglesia misericordiada y misionera” (Jn 20, 11-18).

 

En María Santísima está la imagen de la iglesia como Dios la pensó: Inmaculada, abierta totalmente con su sí al querer de Dios, servidora incansable de la Vida, sensible a todo signo y necesidad de la vida, fiel y fuerte (”aseméjanos a ti y enséñanos a caminar por la vida tal como tú lo hiciste: fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría…preparando todo para Cristo Jesús”).

Pero, es en María Magdalena en la que la iglesia puede mirarse de una manera más real que ideal: portadora de la Buena Nueva de la Misericordia por ser sujeto de misericordia.

Ella no sólo experimentó el perdón de sus pecados (sus muchos pecados), no sólo sanó una vida llena de carencias y marginalidad, recuperando la pertenencia y dignidad perdidas y pisoteadas; también en este relato se abre a sanar el amor que Jesús ha despertado en ella: por un lado, la sana de su ensimismamiento fruto del dolor, la pérdida y la angustia y, por otro lado, la libera de las cadenas de su amor, porque ya no se trata de un amor posesivo que quiere retener al amado (el “no me toques”), sino de un amor creativo, compartido y misionero.

El ensimismamiento da espacio a la depresión y a la compensación de la carencia. El amor posesivo crea dependencia y esclaviza, limita y encarcela, se autoafirma; en cambio el amor creativo y misionero, comparte el don recibido, transforma la vida y se hace maduro en el desarrollo y libertad de aquel a quien se dirige nuestro amor.

Una iglesia que ama hasta el extremo de dejar libre al sujeto de su amor, para que se despliegue todo el don recibido según el plan de Dios para cada persona, es una iglesia madura y libre. Ama para contemplar la realidad no desde defensas o prejuicios, dependencias o exigencias, sino libre y generosamente.

 

Sin embargo, como iglesia muchas veces nos hemos alejado de ese dinamismo: misericordia/misión. Muchísimas veces hemos confundido delegación con imposición, observancia con perfección, debilidad y límites como condenación…y otras tantas hemos confundido mérito con triunfo, santidad con distancia, pecado con persona. Pensemos en las marginalidades que nosotros mismos hemos creado o las que no hemos visibilizado, acogido y acompañado,  juzgando la realidad desde un ideal de perfección inalcanzable y no partiendo de la realidad y posibilidades humanas, en cada situación concreta.

Y no hay verdadera vivencia pascual sin todo el mosaico de actitudes humanas, que llevaron al extremo la vivencia de la misericordia de Dios en Jesús.

Si bien, la historia es una confrontación entre el bien y el mal, si bien creemos en la victoria pascual de Jesús, necesitamos la experiencia profunda y liberadora del perdón y la sanación para descubrir la hondura del amor de Dios, así como la posibilidad de reconciliación humanas. Sin una experiencia de la misericordia de Dios en nuestras propias debilidades y límites, errores y pecados, en nuestra historia con toda su belleza, pero también con todos sus dolores, carencias, desilusiones, desamores y tristezas…difícilmente conoceremos el rostro amoroso de Dios y, como consecuencia, difícilmente, descubriremos las posibilidades del amor humano.

 

Experimentar la misericordia no sólo despliega la infinita capacidad de amar de Dios, sino también nos abre a compartir nuestra propia capacidad de sanar, perdonar, reconciliar, integrar, unir y salvar.

 

La iglesia se define a sí misma como “signo e instrumento de salvación”, pero cuántas veces hemos sido lo contrario y nos hemos erigido como obstáculos para la salvación y, más tristemente aún, como sentencia de condenación.

Causas hay muchas: la romanización y judicialización de la experiencia de fe, la monarquización de la jerarquía y organización eclesial, la confusión del poder temporal y el espiritual, una fe y una adhesión sostenida por el temor y el castigo, el distanciamiento con la razón y la ilustración, el desposorio con élites y grupos de influencia, la espiritualización y la intelectualización de la experiencia religiosa, la distancia con las ciencias, el uso político del Evangelio, la rigidez de las formas y estructuras, la negación del valor de lo natural y humano, el menosprecio a la piedad popular, la huida y la condenación del mundo, el clericalismo y la sobre acentuación de la perfección consagrada, una fe sostenida en costumbres, ambientes y tradiciones y no en una experiencia personal de conversión pascual.

 

…restando así fuerza a la belleza de la creación, a la vivencia comunitaria sencilla y personal, al valor de la encarnación y el encuentro con todas las realidades humanas, a la predicación y el servicio a los más necesitados en cuerpo y alma, a la iglesia de cada día y en los acontecimientos de la vida. Se desdibujó esa iglesia familia y pasamos a ser una caricatura de un reino infranqueable.

 

¿Qué pasó con esa iglesia doméstica y cotidiana, del compartir fraterno, del perdón, la mesa y la palabra, de la cercanía pastoral y la compasión? ¿qué ocurrió con esa experiencia inicial de una iglesia conformada, fundada y enviada con un grupo heterogéneo de débiles instrumentos necesitados de misericordia? ¿en qué momento perdimos el horizonte de la salvación y acentuamos el de la condenación? ¿cuándo pasamos a ser una agrupación de perfectos en lugar de una comunidad de redimidos? ¿en qué momento el débil pasó a ser nuestra víctima en lugar de nuestra misión?

 

Todos necesitamos de la experiencia que da sustento a la Pascua: el perdón, la reconciliación, la sanación. Eso revivimos en los días de Semana Santa: un amor llevado al extremo por la necesidad de un amor tan grande. Sólo un amor de esas dimensiones es capaz de sanar, de unir; de abrir la tozudez del orgullo y la soberbia, o de romper el círculo vicioso de la marginalidad y el pecado.

 

Una iglesia, cada uno de nosotros, un instrumento de misericordia como don y tarea de ser “misericordiados”.

Sin embargo, para eso necesitamos una humildad extrema: aceptar nuestros límites y debilidades como camino de salvación, reconocer la necesidad de perdón y sanación, abrirse al don de la misericordia para aprender a mirar el mundo y a las personas desde esa experiencia, descubriendo el hondo valor de la miseria y necesidad humanas para que se despliegue toda la misericordia divina.

Necesitamos sanar, de allí que tiene tanto valor y trascendencia el texto pascual del encuentro de María Magdalena con el Resucitado (Jn 20, 11-18).

 

Preguntas para el trabajo personal:

¿en qué dimensiones de mi vida he experimentado el perdón, la misericordia, la sanación, la humilde aceptación de mis límites y debilidades, y que han abierto mi corazón a una vivencia pascual más plena?

¿qué dimensiones personales o vivenciales de mi historia necesito aún reconciliar?

¿qué me impide mostrarme débil y necesitado o qué me impide salir del círculo de la perfección y de las apariencias, o bien de la dependencia y de la aceptación?

¿qué dimensiones de la vida actual me resultan difíciles de comprender, acoger y acompañar desde la misericordia pascual? ¿qué nuevo paso puedo dar?