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LA VIDA ES UN MAGNIFICAT

Fecha: 09/11/2017

Horario:

LA VIDA ES UN MAGNIFICAT

La fe nos hace ser unos agradecidos

1. María es pura gratitud

Al iniciar el Mes de María queremos detener la mirada en la madre del Señor. Contemplarla para asemejarnos a ella. Volver a mirarla para conocerla más y quererla más. Quien se asemeja a la madre se asemeja al Hijo. Lo más propio de la Virgen es el cántico que surge en ella en el encuentro con Isabel. Si nos detenemos en el Magnificat encontramos que la actitud transversal en María es la gratitud: Canta mi alma la grandeza del Señor, ...Me felicitarán todas las generaciones ...porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí… El Magnificat no es algo puntual en la vida de la Virgen. Toda la vida de María está signada por el espíritu de ese cántico que es la gratitud. Tanto la muchacha de Nazareth como la mujer en el Gólgota está tan consciente de lo que Dios ha hecho en ella que de su corazón surge un profundo GRACIAS, SENOR. Su vida entera es ese canto del Magnificat. Nadie como ella en toda la historia de los hombres ha experimentado la bondad de Dios de ese modo; siendo sólo una muchacha de Nazaret Dios la inunda con su gracia. María es pura gratitud. Todo en ella canta la grandeza del Señor. Todo en ella es un Magnificat. ¡La vida es un Magnificat!

Podemos decir, entonces, que la gratitud es para nosotros una actitud mariana, y cultivarla es buscar asemejarnos a ella, ser como María. No se trata sólo de desarrollar una virtud, como un ejercicio ascético. Más que eso, se trata de mirar a alguien, a un tú, mirarla a ella para ser otra María, una “maría en pequeño”, “una pequeña María” según mi propia originalidad. Quien se asemeje a la Madre se asemejará al Hijo.

Así como en la Virgen María la gratitud es el sello de su alma, también quienes han experimentado con fuerza la acción de Dios en sus vidas, como son los santos, llevan en la boca y el corazón una honda gratitud. Los santos son hombres y mujeres de la gratitud. Para ellos la vida es un Magnificat. Tanto en los salmos como en los grandes personajes del AT encontramos de común la gratitud: es Dios quien los sobrecoge con su bondad gratuita que los sobre pasa.

Pero podemos preguntarnos si para Dios es significativo que le agradezcamos, ¿podríamos decir que a Dios le importa nuestra gratitud, que la necesita?

2. ¿Le importa a Dios nuestra gratitud? Dios por ser Dios no necesita de nada ni a de nadie. Él no requiere de nuestra gratitud, pero eso no significa que sea indiferente a ella. Por lo contrario, para verlo nos detenemos en la historia de los diez leprosos que son sanados por Jesús, pero que sólo uno de ellos regresa para agradecerle. Lectio: Lucas 17, 11-19

            ¿Quiénes son esas personas?

Las diez personas son leprosos, que están excluidos de la vida social; son como muertos que aún viven. Si bien todos quedan sanados, sólo uno de ellos al comprobar, al verse curado, regresa donde Jesús. Él asocia su sanación con la persona del Señor; verse curado no le hace olvidarlo todo, sino por el contrario tiene el fuerte impulso de volver al Maestro. De ahí que regresa, que vuelva atrás donde Jesús para agradecerle. De ahí que se arroje a sus pies de puro agradecimiento, lo reconoce como el origen de su salud. Éste es el Magnificat del leproso sanado.

            ¿Quién es Jesús?

Jesús siendo Dios es el que va y entra en la vida de los hombres; se involucra en lo humano. Cristo ve a los leprosos que le gritan y se deja interrumpir por ellos, se detiene y les habla dándoles una instrucción. Jesús es el doctor, el sanador y Maestro que les hace respetar la ley.

Jesús es además un sorprendido por la ingratitud de los nueve que no regresaron. Sí, el Señor se desilusiona al ver que sea sólo uno de los diez el que regresa a dar las gracias. No es un reproche, es el dolor por constatar que han esos hombres han perdido la oportunidad de recibir el gran don de la fe. Sólo les basta la salud física, no ven más allá. Si todos fueron curados entonces todos tendrían que agradecer, entrar en contacto con quien es la salud. Pero no es así. Al Señor le duele la ausencia de los nueve, le duele que no hayan alcanzado la fe. El samaritano sanado regresa para expresar no sólo su gratitud, mucho más que eso, para expresar así su fe en Jesús. Al Señor le duele que los otros no lleguen a tener fe aún siendo sanados. La gratitud es expresión de la fe y lo que el Señor busca es despertar la fe en él. Eso es lo que trae la verdadera salud.

 

3. La gratitud alimenta nuestra fe.

La gratitud llevó a este hombre sanado de la lepra a creer en Jesús. Al regresar para agradecer está haciendo confesión de su fe. Pareciera que a los otros nueve sólo les bastó sanarse, no fueron más allá de sí mismos, no reconocieron al autor de su salud. Por tanto agradece, el que eleva su propio Magnificat es quien reconoce a Jesús como autor del milagro de su vida. Mirar alrededor de nosotros mismos y darnos cuenta de todo lo extraordinario que nos rodea nos lleva a valorar nuestra vida así como es y maravillarnos de lo regalados que somos. Quien saborea esos milagros experimenta en su interior como una corriente, una fuerza que lo lleva a agradecerle a Dios por tanto bien. Así crece la propia fe porque constatamos a ese Dios que nos rodea e inunda de favores. Esa constatación nos hace creer más en él.

Quien cultiva conscientemente la gratitud en su corazón eleva hoy al cielo el cántico del Magnificat; ése se asemeja a María. La muchachita de Nazareth experimentó en su vida como aquel leproso que Dios realizaba el milagro más increíble: Dios mismo se hacía carne en ella. Y como ese hombre samaritano así también ella, cada vez que se iba dando cuenta de la acción de Dios en su vida y en la de su pueblo volvía a cantar el Magnificat. Ella nos muestra que para crecer en la fe hemos de mirar a nuestro alrededor, reconocer la acción de Dios y saber que son “milagros”que vivimos a diario, que Dios actuando con su amor insondable.

Qué peligroso para nuestra fe es vivir en la superficie de la realidad, es decir, sin percibir esa Presencia poderosa que hace posible TODO lo que hago. Y pensar que todo no es más que fruto del propio esfuerzo o habilidades o de las circunstancias. Mis capacidades, mi cuerpo, mi mente, nada de lo que soy me lo he dado yo mismo.

Desafío es abrir los ojos para darnos cuenta de los milagros que nos rodean para vivir en la gratitud, en la fe en Dios que es simplemente maravilloso.

 

4. Vivir en la gratitud.

Quien como ese leproso sanado ve la vida como el milagro que es, aquel vive en la gratitud porque ve a Dios en todo. Puede decir con San Pablo: “En él somos, nos movemos y existimos”. Para el agradecido Dios es una realidad inevitable. No puede si no “toparse”con él.

A menudo es en situaciones límite que valoramos la vida, como cuando perdemos algo que considerábamos “nuestro”, o aquello que simplemente estaba ahí y ahora ya no; entonces se nos hace más patente que la vida es un milagro. Quien ha perdido alguna capacidad física es quien en verdad conoce lo que vale. Quien no puede caminar bien sabe lo maravilloso que es poder hacerlo. Quien no puede ya ver bien sabe lo maravillosos que son los ojos. Pero además es consciente del milagro que es hacer lo que hoy puede hacer, vivir lo que el día le regala, de las personas y situaciones que vive. Quien sabe lo frágil que es todo, sabe que todo es un milagro.

Sucede que consideramos muchas cosas de la vida como obvias y no somos conscientes del milagro que son. ¿Qué pasaría si me faltaran? Bastaría hacer el ejercicio de observarme cuando no tengo celular, no tengo auto, no tengo nadie que me ayude con las cosas de la casa, etc y ver cómo cambia mi vida. A menudo nos centramos en lo difícil, en lo que no tenemos, en lo que nos falta, en lo que nos amenaza; o no perdonamos cosas que nos hicieron o que no tuvimos y pareciera que no existiera lo que hoy somos y es nuestra vida.

Quien reconoce lo cotidiano como el milagro que es, reconoce esa Presencia poderosa que lo hace posible; entonces sólo se puede cantar de gratitud con el salmo 115: Cómo agradecerte, Señor, por todo el bien que me hiciste.

 

4. “Lo mejor del hombre es la gratitud”, Göthe.

Al agradecer surge lo mejor que hay en nosotros. Quien cultiva esa actitud hace posible que surja lo mejor que hay en él. Quien agradece se siente y se sabe amado. Por ello hay felicidad en un corazón agradecido; se siente bendecido.

La gratitud ha de ser esa actitud transversal que toca todo en nuestra vida; que le da color a todo lo que hacemos y vivimos. No hay nada obvio de nuestra vida, todo podría ser diferente, todo es un don, un regalo, una gracia. Recordar esta verdad en momentos difíciles de la vida nos ayuda a centrarnos en lo importante verdaderamente. Cualquiera sea la circunstancia por la que estemos pasando siempre habrá un motivo para dar gracias, para reconocer la presencia de Dios en medio de esas dificultades.

 

5. También la cruz y el dolor son un don para el que cree.

Muchas veces experimentamos la vida como una lucha, ya sea con dificultades externas a nosotros o con nosotros mismos. Parece entonces absurdo querer agradecer, todo nos dice lo contrario. La inclinación natural nos quiere llevar a ceder y sumergirnos en el pesar, de darnos por vencidos. Entonces es el momento para una actitud sobrenatural, de adorar a Dios presente en esa situación aunque no lo vea ni entienda. Esa fe me dice: Dios está haciendo algo en lo oculto. ¿Cuántas veces en nuestra vida sólo al mirar atrás vemos lo que Dios ha sacado del dolor y las dificultades?

¿Cuántas veces mi crecimiento, el desarrollo personal, el de otros se debe a grandes o pequeñas dificultades que encontramos en el camino de la vida?

En momentos de dificultad es cuando hemos de fortalecer conscientemente nuestra gratitud. Ir contra la inclinación natural para centrarse en Dios y no en las circunstancias. En esos momentos la fe nos lleva a reconocer cuánto dependemos de Dios, a querer someternos a su voluntad porque sabemos que él está “trabajando”en lo escondido. La gratitud hecha alabanza es lo que calma la ansiedad y la angustia y regala paz verdadera.

Quien como la Madre del Señor ha vivido con el Magnificat en los labios y el corazón podrá también agradecer en los momentos de cruz.

Hacemos nuestras las palabras de San Pablo: “Para los que aman a Dios todo les sirve para su bien” Rom 8,28.

 

6. Vivamos el Mes de María con el Magnificat en los labios y en las manos. La gratitud sea el sello de este Mes y que contagiemos a otros.

 

Retiro Centro La Providencia -  Santuario de Schoenstatt  Bellavista   Noviembre 2017 -  P. Agustín Álvarez Ch.

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