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Dejarnos mirar, para ver

Fecha: 05/10/2017

Horario:

Retiro Centro la Providencia. Jueves, 5 de Octubre 2017

“Dejarnos mirar, para ver”

1. Insertos en la cultura de la imagen. El alma para entrar en sí misma, para encontrarse con Dios necesita tiempo y espacio. Ambos saturados en la cultura actual. Por otra parte, cada día nuestros sentidos perciben miles de estímulos, que ingresan dentro nuestro y circulan libremente. No podemos permanecer neutrales, y poco a poco se asientan en nuestras removidas tierras interiores configurando nuestra afectividad; determinando deseos y decisiones. El impacto de esta multiplicidad de estímulos emocionales minimiza nuestra capacidad de percibir la profundidad y riqueza que se da en lo sencillo y simple. Terminamos desarraigándonos, perdiendo nuestras raíces.

El desafío es aprender a mirar la realidad con nuevos ojos, despertar una nueva sensibilidad para percibir a Dios. No podemos huir de la realidad. Nuestros sentidos tienen  vocación de ese Tú absoluto y para Él estamos hechos. Pero si nos detenemos en la superficie los sentidos se van degradando y el sentimiento de exilio de apodera de nosotros. Tenemos que abrir bien los ojos para descubrir en lo profundo de la realidad,  la fuerza creativa de Dios. Poco a poco esa mirada irá integando nuestro ser, nos irá unificando.

Podemos decir que todos cargamos alguna ceguera, somos ciegos totales o parciales. Reconocer la ceguera es el primer paso de un camino que suscitará en nosotros Vida nueva.  

2. La mirada sobre nosotros mismos. Hemos aprendido a vivir y sentir desde la mirada de otros, desde el reflejo que esas miradas nos devolvían. La mirada llena de amor de mamá nos ayudó a ver la vida con confianza, las miradas que nos afirmaron nos fortalecieron la autoestima. Pero también alguna mirada de rechazo logró inhibir parte de nuestra personalidad, del don original que Dios puso en cada uno. Hay miradas invernales que nos paralizan y miradas cálidas que nos liberan para ser. ¿Cómo he sido mirado? En mi niñez, mi juventud, mi vida adulta. El paso del tiempo tiende a cambiar nuestra mirada*, a imprimir en nuestro rostro una mirada desconfiada, apretada, desencantada de la vida y sin esperanza, enceguecemos.

El c. 9 del Evangelio de Juan nos narra el encuentro de Jesús con un ciego « Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.»(1) En el ambiente cultural judío la ceguera se relacionaba a pecado y culpabilidad; pero la mirada de Jesús se aparta de esas percepciones. No busca indagar en las causas ni entra en justificaciones sino que posa su mirada en ese hombre necesitado con compasión y ve la posibilidad que en él se «manifiesten las obras de Dios». 

En cada uno de nosotros palpita el anhelo de ser mirados con ojos limpios, que no desfiguren nuestra imagen para poder nosotros no distorcionar la realidad. Anhelamos esa mirada que nos transforme, que vea en nosotros lo que no alcanzamos a ver.

3. Bajo la mirada de Dios. Acercarse a Dios es acercarse a su mirada. Sólo Él, al mirarnos, respeta lo absolutamente real y nos ofrece la vida verdadera. «Me recibo constantemente de tus manos, tus ojos me miran y yo vivo de tu mirada» (R. Guardini). La mirada de Dios libera mi mirada, en él somos más de lo que pensamos ser.

a. La mirada de Dios es un espejo fiel, no falsea la realidad. Me muestra las heridas de mi rostro que yo no puedo ver, con amor y respeto. (Gracia del cobijamiento).

b. La mirada de Dios atraviesa las capas superficiales, es profunda y liberadora. Nos ayuda a conectarnos con nuestro yo  más auténtico. Al mirarnos nos hace ser.

c. La mirada de Dios es creadora, pues el mirar de Dios es Amor. Se crean posibilidades allí donde no vemos ninguna (Gracia de la transformación).

Ejemplo María. De pobre muchacha de Palestina a ser la bienaventurada de todos los siglos. Dios hace posible lo imposible.

Jesús se acerca al ciego. Él es la Luz del Mundo que viene a cada uno de nosotros. La Luz que estaba junto al Padre se hace luz encarnada en Jesús de Nazaret.* Se acerca, se implica. Sin embargo no fuerza sino que espera un gesto, una señal de disposición para comenzar su obra de liberación y sanación.

4. Una luz que nos ilumina desde dentro.** La mirada humana siempre es limitada por más esfuerzo que podamos realizar. La mirada de la ciencia estrecha la realidad, en su intento por iluminar la vida generan a su vez sombras. Por iluminar nuestra vida ensombrecemos la de otros. La mirada humana no embellece sino que desnuda, empobrece.

** La mirada de Dios en cambio, sin anular la realidad que ha creado, la hace brillar desde dentro. Enciende su verdad honda sin generar sombras nuevas. Al ser mirados por Él, nosotros que somos su imagen y semejanza, nos descubrimos habitados por Él. Este habitar de Dios nos regala la certeza de su amor y unifica nuestra vida pues logra integrar los fragmentos.

Transfiguración. Hay momentos de nuestra vida en que Dios nos regala gratuitamente sentir esa planitud de nuestro ser. Experiencias que se quedan gravadas en el alma profundamente. La vida se transforma. Ej: mi matrimonio, el nacimiento de mis hijos, un encuentro con Dios, el descubrir mi vocación. Son momentos de gracia, donde nos experimentamos de una manera nueva, insospechada que nos regala una alegría plena. Sin embargo estas experiencias no son permenentes. Aunque anhelaríamos retener esos instantes, debemos entretejer con nuestra cotidianeidad ese recuerdo imborrable impreso en nuestro ser Al contemplar a Jesús, la Luz, nos descubrimos habitados por una luz eterna.

Al ser recreada la mirada cambia la persona en su totalidad, pues todo ha cambiado para ella. Jesús devuelve la vista al que había estado ciego y sus más cercanos dudan de si es realmente él: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?».Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». Él decía: «Soy realmente yo».(8-9) El hombre recreado afirma que ahora sí es él, pues se percibe de una manera más auténtica. Ya no habrá vuelta atrás.

5. Heridas sanadoras. ¿Cómo cura Jesús al ciego? « Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, .diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.» (6-7) Es un gesto extraño, aparentemente contradictorio para quien quiere devolver la vista. Ungir con barro parece enceguecernos, pues los ojos embarrados no pueden ver. El barro nos recuerda el origen, a ese barro que en las manos de Dios se hace ser humano. Ahora Jesús tocará de nuevo el barro que simboliza la fragilidad de nuestra condición humana, lo tocará con confianza de quien quiso compartir nuestra condición. Esta imagen nos lleva al misterio de la Salvación cristiana, al misterio de la cruz. Fue asumiendo la fragilidad humana como Jesús nos ganó la vida divina. * Juan manifiesta veladamente el misterio de la cruz: es desde el dolor y el sufrimiento desde donde nos abrimos a la nueva mirada. Ese barro enceguecedor en los dedos de Jesús es medicina que nos clarifica la mirada.

 En nosotros hay un pequeño omnipotente que se opone a la actitud filial de Jesús, queremos poder: poder sanar, poder perdonar, poder solucionar nuestros conflictos, poder... Esta es una tendencia humana pero no el camino escogido por Jesús. Él asumió la condición humana y al hacerlo asumió el no poder, pudo no poder, su muerte se dio en el fracaso y el abandono. Así se manifestó el poder del Amor, pues el Amor no puede morir. La cruz de Jesús es luz para nosotros. 

Jesús nos muestra el camino del Hijo, que al saberse sostenido por el Padre asume el sufrimiento. Un signo de muerte se transforma en signo de vida nueva y el barro, signo de fragilidad se transforma en la fortaleza de la nueva mirada. El tiempo del barro en los ojos lo dispone Dios, aveces necesitamos tiempo para reorientarnos y afinar la mirada. Contemplar a Jesús pobre y humilde nos va transformando nuestra afectividad profundamente, solo ella conoce las rutas para llegar a esos lugares recónditos de nuestra alma. A las reservas ocultas de los pliegues del corazón.

Debemos limpiar los ojos de las amarguras que ensombrecen y de la codicia que intenta vanamente saciarnos, pero no debemos mantener delante de nuestros ojos nuestros dolores y heridas. No debemos temer descender a nuestros propios infiernos; pues es a Jesús al que encontraremos allí, alcanzado por los mismos golpes que nos hieren a nosotros. El dolor mediente el perdón abre caminos insospechados de vida nueva, dinamismos de recreación y plenitud.

En este camino necesitamos ser acompañados, no se hace solo.

6. El reencantamiento de la nueva mirada. «(Jesús) al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». Él respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?».Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando»..Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.» (35ss.) El encuentro termina con una imagen de gran belleza: el ciego, luego de madurar lo que le pasó, se postra a los pies de Jesús, cerrando los ojos naturales y abriendo grande los de la Fe. Juan introduce una confesión de Fe en el Resucitado. La realidad se hace transparente cuando el resucitado se nos aparece.* Ésta nos va conduciendo a la transfiguración personal. Como los apóstoles, no podemos contemplar al Resucitado sin vernos ya resucitados con Él; brota la alegría de lo profundo del corazón. Al cambiar nuestra manera de mirar, al dejarnos alcanzar por la mirada de Dios que nos ilumina por dentro, al permitirle al Señor exponernos nuestra fragilidad y quitarnos la ceguera, cambia toda la realidad, todo es nuevo y Dios lo habita todo. Descubro más allá de las cáscaras que la esconde, la verdad más profunda de la realidad que es la obra creativa de Dios que trabaja siempre. Al mirar de esta manera me siento llamado, enviado como colaborador del Señor que es Luz del mundo, a acompañar a otros y a enconetrarme con los más pequeños a quienes les ha sido ocultada su dignidad. Tendremos una sensibilidad nueva para distinguir, en medio de la cultura, los dinamismos de vida divina de los engaños del enemigo, la desilusión y la mentira.

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