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LA  ESPERANZA  ES  EL  ANCLA  DEL  ALMA

Fecha: 03/08/2017

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LA  ESPERANZA  ES  EL  ANCLA  DEL  ALMA

 

I. El ancla del alma del pueblo de Israel es la esperanza en una promesa.

El pueblo de Israel tiene su origen en una pareja de ancianos sin hijos que son visitados por Ángeles bajo la encina de Mambré. Es el encuentro de la impotencia humana y la omnipotencia divina. Dios les hace una promesa inaudita: a Sara le nacerá de ti, Abraham, un hijo y de tus entrañas nacerá un pueblo incontable como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Tanto en Abraham como en Sara hay una lucha entre sus criterios humanos y la promesa hecha por Dios. Abraham creyó en esa promesa y puso toda su esperanza de vida en ella. A partir de entonces dicha promesa regirá todas sus decisiones. Nada quebrará en él esa esperanza, tampoco el pedido de sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Dios es fiel a su promesa aún en el extremo de lo irracional. Abraham es un hombre anclado en Dios porque tiene toda su esperanza puesta en él.

En los vaivenes de la historia el pueblo de Israel se mueve entre la desconfianza y la esperanza en la promesa hecha por Dios. Su fidelidad a Dios depende de su esperanza puesta en la promesa. Israel es un pueblo que se cansa de esperar, de tener esperanza. Por eso busca otros dioses. Moisés y los profetas son hombres de firme esperanza y tienen especialmente la misión de dar esperanza y mantener al pueblo anclado a la promesa de Dios. La esperanza es lo que mantiene al pueblo atado por dentro a su Dios. Para el pueblo de Israel el suyo es el Dios de la promesa. Y navega como un barco por aguas inseguras, siguiendo una ruta sin  camino prefijado y sorteando el vaivén de las aguas. Pero su ancla es la promesa de su Dios. Esa es la única estrella que lo sostiene y lo guía. Israel es ante todo un pueblo de la esperanza y sin ella se hunde.

Por los profetas Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres Is 2,2-4 y que será grabada en los corazones Hb. 10,16 … serán sobre todo son los pobres y los humildes del Señor los que mantendrán la esperanza. Esa alianza nueva es la expresión del amor de Dios por su pueblo que no se romperá nunca más. Ése es el Mesías.

Las mujeres santas como Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester conservaron viva la esperanza de la salvación de Israel. Ellas son anticipo de la Santísima Virgen María Lc 1,38 en quien la Esperanza se hace carne.

María como nadie sabe que “nada es, pues, más propio para afianzar nuestra Fe y nuestra Esperanza que la convicción profundamente arraigada en nuestras almas de que nada es imposible para Dios” Catecismo 165. Su convicción firme es la que sostuvo su fe en los momentos más difíciles de su vida. Ella es quien como Abraham esperando contra toda esperanza experimenta la noche de la fe y de la esperanza y se constituyó en Madre de todos los discípulos de su Hijo, en Madre de la Iglesia. La Madre le enseña a sus hijos a estar anclados con la esperanza en Dios.

¿A quién admiro en el pueblo de Israel por su esperanza?

 

II. Los primeros cristianos aferrados a una sola esperanza: Cristo.

Los discípulos de Jesús también tuvieron que pasar por el crisol de la prueba para purificar su esperanza. Contemplamos aquellos dos discípulos que van de regreso a Emaús (Lc 24,28-32). Tras la muerte de Jesús ellos van huyendo de Jerusalén sin esperanza. El desánimo y la desilusión les apagó el alma. Todo se derrumbó en sus corazones. Es la experiencia límite de quien ha apostado toda su vida a una carta y experimenta que perdió. Ellos se la jugaron por Jesús y ahora estaba muerto. Pasaban el momento más difícil de sus vidas. Los discípulos caminaban desamparados y el Resucitado se pone a caminar con ellos; los acompaña hasta el fondo de la oscuridad. Era necesario que experimentaran su profunda impotencia, la incapacidad de hacer algo por sí mismos, su límite.

A este respecto el papa habla de la “terapia de la esperanza” que realiza Jesús:

Primero pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios que se impone. Con esa actitud él los está consolando. Jesús aunque ya conoce el motivo de la decepción, deja tiempo a sus discípulos para sondear las profundidades de la amargura que les ha cautivado. Era bueno que ellos tuvieran el tiempo necesario para que hagan un recorrido interior y lleguen al fondo de su amargura. Esto es necesario para salir de la tristeza, decepción, derrota. El resultado es una confesión de la existencia humana que es un estribillo: “Nosotros esperábamos”. La desilusión que apaga el alma y que engaña dejándola atrapada en lo que ya no fue.

“Jesús camina con todas las personas que sin confianza caminan cabizbajos y desilusionados. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra devolver la esperanza”.

Jesús conoce el motivo de su desilusión, pero no se impone, sino que pregunta y escucha.

Como dice el papa Francisco: “Todos nosotros en nuestra vida hemos tenido un momento difícil, oscuro, momentos en los que caminamos tristes, preocupados, sin meta, solamente teniendo adelante un muro … y Jesús siempre está a nuestro lado y junto a nosotros para darnos esperanza, para calentarnos el corazón y decir: sigue adelante, yo estoy contigo, ve adelante”.

“La verdadera esperanza pasa por el fracaso y el sufrimiento. Al final del camino Jesús se hace reconocer en la fracción del pan, gesto fundamental de la Eucaristía, don de su amor total, de donde brota la vida de la Iglesia y del cristianismo. Eucaristía”. El fracaso se convierte en victoria.

El gran descubrimiento de los discípulos de Emaús, símbolo de todo discípulo, es que la esperanza no es “algo”, no se la dan a í mismos, sino que la esperanza es “Alguien”, que tiene nombre: Jesús.

¿Cómo viví mi propio “Emaús”?

 

III. Esperanza hoy, ¿dónde estás?

En nuestra sociedad más que de esperanza se habla de optimismo, de ser positivo, de ver el vaso medio lleno, de querer es poder, etc. Muchas son los ofrecimientos para crecer en una mejor calidad de vida que pasa por estar bien consigo mismo y con los demás. Se ofrecen talleres de Coaching, Mindfulness, Asertividad, etc.

Según el papa Francisco la esperanza cristiana no es optimismo, es Jesús. No hay que confundir esperanza con optimismo humano. Para el cristiano la esperanza es Jesús en persona, es su fuerza de liberar y volver a hacer nueva cada vida.

La esperanza no es optimismo; es un don, un regalo del Espíritu Santo y por eso Pablo dirá: 'Nunca defrauda'. La esperanza nunca defrauda porque es un don del Espíritu.

Para el cristiano la esperanza se relaciona sólo con Jesús, Él es nuestra esperanza; lo demás es optimismo, buen humor.

IV. Descubrirme anclado en la esperanza:

1. Mi pasado es fuente de esperanza. Mirar la propia historia, la de mi familia y descubrir todo lo que Jesús ha hecho, del milagro de hacer surgir vida del dolor. Él ha hecho posible que aprendiera algo de un momento difícil. Esto me hace comprender mi historia como un camino sagrado. Mi historia se hace fuente de esperanza porque veo que Él estaba ahí.

2. Mi hoy es fuente de esperanza. Comprendo que también está él aquí presente actuando en mi vida. Y esta esperanza no defrauda porque él es fiel. Él no puede negarse a sí mismo

3. Mi mañana es fuente de esperanza. Es duro ver personas creyentes, también sacerdotes, que llegan a la vejez sin esperanza. Y qué gozo es encontrarse con quien llega al final de la vida no con optimismo sino con esperanza, porque ése está unido a Jesucristo. Cuánta necesidad hay en las personas de encontrarse con quienes sean signos de esperanza. Nuestro desafío es vivir esta esperanza en Jesús que hace todo nuevo.

¿Es mi historia fuente de esperanza para mi presente?

¿Quién es hoy signo de esperanza para mí, en la sociedad?

¿Me considero un testigo de esperanza para otros?

 

V. “Consolad a mi pueblo”, dice el Señor. Como testigos de la esperanza tenemos la misión de consolar a los hermanos que viven momentos difíciles. La esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre, y se hace aún más necesaria de fortalecer cuando se sufre. Ser 'consoladores' es participar de la tarea del Espíritu Santo. Sembrar el perfume de la esperanza y no el vinagre de la amargura, dice el papa. Hemos de aprender de nuestros propios dolores y pecados para ser, a su vez, consoladores desde el corazón. Quien ha llorado por la muerte de un ser querido, sabrá consolar a quien lo está viviendo. Así nuestras palabras, consejos, y nuestra forma de actuar, nuestra voz y nuestra mirada serán amables y comunicarán tranquilidad al que sufre. Hemos de salir de nuestra zona de confort para ser “consoladores” de los que sufren. ¡Seamos “derrochadores” del perfume de la esperanza!

 

Retiro Centro La Providencia – Santuario de Schoenstatt Bellavista

Agosto 2017 – P. Agustín Álvarez Ch.

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