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“TEN ANIMO, ESPERA EN EL SEÑOR ”     

Fecha: 06/07/2017

Horario: 9:30 - 13:00 HRS

“Ten ánimo, espera en el Señor ”               Salmo 26

 

1. Los Apóstoles son hombres de firme y buen ánimo.

Después de Pentecostés los Apóstoles ya no son los mismos. Esos hombres temerosos y apagados por la muerte de Jesús experimentan una fuerza interior que no conocían. El encuentro con el Resucitado y la experiencia del Soplo de Dios en el Cenáculo les llenó el alma de una vitalidad nueva, capaz de desafiar las dificultades, las amenazas y los sufrimientos. Era una fuerza en el ánimo que no provenía de ellos mismos, una corriente positiva y fuerte les soplaba por dentro.

Los apóstoles tenían ahora la fuerza de espíritu para enfrentar a quienes antes eran una amenaza. Así es como comienzan a predicar con valentía la Palabra (Hch. 4,29). Salen de sí mismos y se exponen ante los demás desafiando todo peligro. Cuando son enjuiciados en el Sanedrín – consejo político y religioso judío -  lejos de “achicarse” ante las autoridades, con buen ánimo Pedro y los demás Apóstoles los enfrentan (Hch. 5,29). Ya no es el miedo lo que les determina la vida y el cumplimiento de su misión. Hay una fuerza en el ánimo que los impulsa con determinación. Son hombres valientes y de ánimo firme, nada les cambia el buen ánimo con que dan testimonio de Cristo. Cuando son castigados con azotes salen del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre (Hch. 5,40). Nada tiene el poder de quebrarles el buen ánimo con que dan testimonio de Jesús. Ese buen ánimo les lleva a enseñar  y anunciar la Buena Nueva sin cesar (Hch. 5,42).

También encontramos este mismo buen ánimo en san Pablo, quien no conoció a Jesús como los demás Apóstoles, ni estuvo con ellos en el Cenáculo. Pero su encuentro con el Resucitado le llenó el alma de una fuerza nueva, incansable e invencible. Podemos reconocer esta fuerza de ánimo en distintos momentos de su vida: Pablo va a Arabia y predica con valentía en Damasco (Hch. 9, 27). Cuando está prisionero con Silas se pone a cantar himnos a Dios y los otros presos los escuchaban (Hch. 16, 25). Cuando salen de la cárcel fueron a casa de Lidia y son ellos los que animan a los hermanos allí (Hch. 16,40). Y cuando rumbo a Roma está pronto a naufragar, después de días sin comer, es Pablo quien da a los marineros buen ánimo (Hch. 27,22).

 

Quienes dan testimonio del Resucitado no tienen miedo a las dificultades y amenazas. Ellos  no temen a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Ellos teman, más bien, a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno (Mt 10,28). Ellos son hombres del espíritu que viven desde ese soplo de Dios que los impulsa a accionar con valentía  y esperanza.

Justamente la palabra ánimo viene del griego animos, es decir, viento o soplo; del latín ánimus, es decir, voluntad que nos hace accionar de una determinada manera. Son las fuerzas, las ganas que ponemos en nuestras acciones. Si estamos angustiados o tristes hacemos las cosas con mala o escasa predisposición. El buen ánimo se caracteriza por sentirse alegre, optimista, con deseos de llevar a cabo planes y proyectos.

Los cristianos de hoy estamos llamados a vivir desde el Soplo de Dios, a no dejarnos seducir por las preocupaciones, los miedos e inseguridades que amenazan nuestro cuerpo, nuestro bienestar, sino más bien estar vigilantes ante lo que pueda dañarnos el alma. Estamos llamados a dar testimonio de Cristo en todo tiempo con ánimo firme y bueno.

Por el contrario vemos en nuestra cultura signos de una desmedida  preocupación por el cuidado del cuerpo, del bienestar, de la salud corporal, la apariencia física. Sorprende ver la cantidad de farmacias, de gimnasios, etc. ¿Cuánta preocupación y ocupación hay por cuidar el interior? ¿Cuánto tiempo invierte hoy una persona en alimentar y  fortalecer su alma; en elaborar sus vivencias; en eliminar lo que la contamina, etc.?

2. Signo de nuestro tiempo: sin ánimo, mal ánimo, ánimo amargo.

Un signo importante de nuestro tiempo, también entre creyentes, es el mal ánimo con que mucha gente vive. Es consecuencia de un estilo de vida vertiginoso. Vemos rostros cansados, desganados, con falta de ánimo o peor aún con un ánimo amargo. A veces también somos nosotros los que andamos así. ¡Cuánto daña a un testimonio así! Amenaza al buen ánimo que el alma cargue enormes pesos. Entonces el alma misma “pesa”.

El alma como un lastre: las preocupaciones de la vida, los pensamientos grises gestan un ambiente interior de pesar y pesadumbre. Experimentamos el alma como una carga, un lastre que hay que llevar. Una causa es no elaborar las vivencias, sentimientos, y pensamientos que nos afectan. Acumulamos sombras en el alma sin verlas, sin tratar de entenderlas. Sombras que se transforman en grises escombros, basurales interiores que vamos acumulando en el alma y que nos achatan y afligen. El agobio por preocupaciones sin resolver, situaciones externas o internas duras que soportar,  nos marcan el rostro. Tal pesar se lleva en el ceño fruncido, en la mirada dura, en la voz cortante. Acumulamos preocupaciones en el interior como hollín  en una bolsa. Lo no elaborado ni digerido lo acumulamos como  hollín que cual polvo negro nos mancha y ennegrece todo: los pensamientos, sentimientos y anhelos. La marca del alma como un lastre es el mal ánimo, la amargura.

Un alma amarga es el triste fruto de un árbol regado con los pesares de la vida. Hay vivencias, sentimientos, pensamientos que nos pesan y  amargan la vida. Nosotros mismos nos transformamos en personas amargas. Y lo que sucede con esas personas es que los demás huyen de ellas. Sabemos que alguien así no nos hace bien, que su amargura no pasa indiferente, sino que muerde a quien está cerca. Ellos hacen la vida difícil y son una carga pesada de llevar.

Su rostro expresa el amargor del alma. Sus rasgos son duros, fríos, rígidos. Quienes están amargados no toleran que otros se muestren alegres, de buen ánimo, de buen humor. Para ellos nadie tiene derecho a estar sonriendo y buscan acallarlo, contagiarlo con su pesado amargor. Para ellos nada es motivo suficiente para alegrarse.

3. Fuentes del buen ánimo.

Cuando algo nos aflige nos causa amargura. Eso no lo queremos, lo rechazamos. Tal amargura nos convierte en islas pues nos encerramos en nosotros mismos. Nadie sano quiere estar aislado ni tener mal ánimo, esparcir amargura. La tarea está en transformar eso amargo saliendo de esa soledad del alma. No somos nosotros mismos quienes nos transformamos el ánimo. No es sólo fruto de la voluntad, de esfuerzo propio. Tal transformación del alma surge a partir de una experiencia de amor. ¡Cuánto bien le hace a un alma que sufre amargura tener alguien con quien abrirse y hablar! El buen ánimo nace del vínculo de un corazón con otro corazón. De ahí surge la buena disposición a relacionarnos con los demás, con la vida.

El mal ánimo huye ante la fuerza del amor en el encuentro con otro. El alma se sana de su pesar al encontrarse con un tú, alguien a quien se confía y por quien se siente acogido y amado. Tal encuentro es un milagro. Dios está presente, él es quien sana.

El buen ánimo, entonces, es fruto de lo que ese encuentro activa en la personal: el amor. Quien tiene buen ánimo dice: soy amado. Y quien se siente amado se mira a sí mismo, a los demás, la vida con esperanza y confianza.

Quien no tiene esperanza se ha sometido a la preocupación, al  miedo. Su alma se rigidiza. Por el contrario asociamos la esperanza con vitalidad, con la expectativa de algo mejor, a no rendirse, a luchar aún cuando las cosas son difíciles, eso es el buen ánimo. La esperanza es como el aliento del alma, esa voz que nos dice que a pesar de toda dificultad la vida continua, y su lema es: “Todo tiene solución, menos la muerte”.

La esperanza se asocia al buen ánimo pues se relaciona siempre con un futuro mejor, a algo que está por venir, por nacer. Se tiene la convicción de que la vida no se padece, sino que se plasma, de que esa posibilidad está en mí mismo. Quien tiene buen ánimo es protagonista de su vida, es sujeto y no objeto de aguarda a lo que la vida haga con él. . El buen ánimo es el mejor antídoto ante la rutina, no se deja aplastar por ella. Esto es fundamental para quienes tienen responsabilidad por otros, una familia, un taller, etc.

Si busco abandonar el mal ánimo he de entrar en diálogo, dejarme encontrar e ir al encuentro para dejarme tocar por el otro, pues en él está el Señor. Así entro a participar de la alegría de Jesús que me dice: “Os he dicho esto para que participéis de mi alegría y vuestra alegría sea colmada”(Juan 15,11). En el encuentro de amistad, de amor con alguien participo de la alegría de Jesús. Ahí está la mejor fuente del buen ánimo para el cristiano.

¿Me considero yo alguien de buen ánimo? Es estable? Cómo lo educo? Bibliografía: A. Grün, “La Escuela de las emociones”.

 

 

 

 

Retiro Centro La Providencia – Santuario de Schoenstatt Bellavista

Julio 2017 – P. Agustín Álvarez Ch.

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