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CON MAR√ćA EN EL CENACULO

Fecha: 01/06/2017

Horario: 9:30 - 13:00 HRS

CON MARÍA EN EL CENACULO

 

1. Día de Pentecostés

Después que el Señor ascendió al cielo los apóstoles acostumbraban a reunirse en el mismo lugar donde celebraron con Jesús la Última Cena. A esos encuentros iba también María, la madre del Señor, junto con otras mujeres, seguramente las mismas que estuvieron al pie de la cruz con ella acompañando a Jesús.

Ese día de Pentecostés tú, la Madre del Señor, vas y te diriges a esa casa sobre el Monte Sión en Jerusalén. Tú no podías faltar allí. Así como estuviste junto a tu Hijo a los pies la cruz, quien señalando al discípulo amado te dijera: “He ahí a tu hijo”, estás ahora en el Cenáculo junto a tus “nuevos hijos”, cumpliendo el encargo que Jesús te dejara. Tú eres madre y compañera, no los dejas solos. Ahora más que nunca estás presente, pues Jesús ya no está con ellos. Además les ha dejado un encargo enorme: anunciar la Buena Nueva a todas las naciones, hasta el confín de la tierra.

 

Ese día de Pentecostés cuando llegaste a la sala del Cenáculo y los viste, como mujer y madre notaste, seguramente de inmediato, el rostro de preocupación de los discípulos. Ellos recibieron una gran misión y el Maestro ya no estaba con ellos, entonces ¿cómo saber qué hacer?  ¿de dónde sacar  fuerzas para anunciar la Buena Nueva? Sin Jesús esos hombres se sentían desamparados, confundidos, sin saber qué pensar, sin claridad sobre el sentido de todo lo sucedido. Los discípulos de Jesús estaban como ciegos, sin saber cómo llevar a la práctica las enseñanzas del Señor.

 

2. María, la mujer del Espíritu.

En esa situación de orfandad era tan necesaria tu presencia de Madre. Simplemente estar ahí, con tu silencio y con tu enorme poder suplicante. Tu presencia en el Cenáculo atrae con fuerza al Espíritu de Dios.

Tu historia  dice que siempre estabas unida al Espíritu: en Nazaret fuiste ese imán que lleno de gracia atrajo al Arcángel Gabriel. Él no sólo fue enviado, también fue atraído. En casa de tu prima Isabel eres osun desborde del Espíritu y allí cantaste tu  alabanza del Magnificat. En Caná inspirada por el Espíritu, fuiste la Madre que con suavidad y decisión llevaste al Hijo a realizar el milagro de transformar el agua en vino. En el Gólgota estabas de pie, totalmente presente y silenciosa, allí atrajiste para tu Hijo al Espíritu consolador.

 

3. En nuestro Cenáculo está nuestra madre María.

Hoy, en nuestro Cenáculo, nos reunimos en torno tuyo, Madre del Señor, para implorar al Espíritu Santo. Tú estás ahora en medio nuestro y, sabemos que como Madre en el Espíritu estás muy cerca de tus hijos. Tú estás aquí presente con  tu calidez y tu fuerza suplicante. Tú nos asistes porque no sabemos pedir lo que nos conviene; somos torpes en descubrir lo que es bueno para nosotros, lo que Dios quiere para nosotros. Pero tú como Madre nos conoces y nos entiendes. Por eso si nos allegamos a ti tú suscitarás en nuestro interior las palabras y los sentimientos que atraigan al Espíritu; despertarás la sed del alma que invoca el rocío del Espíritu. Tú nos dispones el corazón para llamar y acoger al Santo Espíritu.

 

4. En nuestro Cenáculo la Madre implora.

Como sucedió en ese primer Pentecostés sabemos que también hoy tu súplica anhelante de Madre y Esposa atraerá al Espíritu de Amor a nuestro humilde Cenáculo. Tú sabes que el Fuego de Dios desciende como viento de suave brisa o ráfaga de fuerte viento allí donde los corazones están bien dispuestos y anhelantes. En el silencio de nuestra alma te decimos: Madre María, tú imán del Espíritu, enséñanos a llamarlo, a atraerlo; renueva hoy tu súplica e invoca para nosotros al Espíritu Santo de Amor. Mujer llena del Fuego de Dios, abre nuestras almas al Espíritu  y que él arrebate nuestras vidas desde lo más hondo.

 

5. En nuestro Cenáculo la Madre aúna los corazones.

Madre María, así como los primeros discípulos también hoy nosotros nos unimos en torno tuyo formando un solo corazón y una sola alma. La Madre une a los hijos por dentro, en ella son uno. Así como lo vivieron quienes estuvieron contigo en el Cenáculo nosotros experimentamos que contigo el amor es más fuerte que toda diferencia y particularidad. Junto a ti el amor es más fuerte que toda discrepancia y enredo de sentimientos e ideas. Tu sola presencia entre nosotros suaviza toda aspereza en el alma. Tú calmas toda desconfianza y acaricias toda tensión no resuelta, toda herida abierta. En la Madre somos un alma y un corazón.

 

6. En nuestro Cenáculo la Madre nos educa a ser verdaderos.

Para implorar, para atraer al Espíritu Santo, la Madre nos dice que es necesario llamarlo desde la verdad de lo que somos. No resultan las máscaras ni las falsas apariencias.

En tu canto del Magníficat te reconoces ante Dios como la humilde esclava del Señor. Tú te reconoces pequeña porque siendo sólo un ser humano Dios se fijó en ti para ser la madre de su Hijo. Así también nosotros hemos de mirar y reconocer ante Dios nuestra propia pequeñez, nuestra verdad, lo que somos, para desde allí elevemos la voz. Para llamar al Espíritu hemos de hacerlo abandonando toda apariencia, todo maquillaje y ser auténticos.

Quien conoce y reconoce su debilidad como ser humano, éste se percibe a sí mismo como un necesitado, como un pobre.

Así fue también con los discípulos, la vivencia de la propia verdad al desnudo les llevó en esa Hora llamar con toda el alama al Espíritu de Dios. ¿Cómo habrá implorado Pedro el Espíritu Santo en esa Hora de Cenáculo? ¡Cuánta tensión en su alma al saberse, por un lado, elegido cabeza de los apóstoles y piedra sobre la cual Jesús fundó su Iglesia, y por otro, haber negado al Maestro! Cuánta consciencia de su enorme fragilidad ante una tarea tan enorme. Cuánta fuerza para llamar al Espíritu.

Así como Pedro, también en nosotros la fuerza de la imploración se levanta desde la vivencia de la propia fragilidad. Somos unos pobres hombres enormemente necesitados de la asistencia del Espíritu Santo. Cuanto más carenciado, más pobre me sepa y me sienta, con mayor potencia imploraré al Espíritu. Si Dios me dio una misión; si me confió tareas y personas, entonces grande es mi necesidad del Espíritu, de ese Fuego de Amor que viene hasta mí para poder realizar la misión. Sin él no podré hacer nada.

 

7. Jesús no nos dejó solos

Hoy entramos en el Cenáculo y nos allegamos a la Madre de Jesús,a María, mujer del Cenáculo, la llena del Espíritu: tu presencia es ya el comienzo del cumplimiento de la promesa de Jesús de no dejarnos solos, La llegada del Espíritu comienza con recibir a la Madre. Y ahora sobre el Monte Sión, en la sala del Cenáculo imploras para ellos y para nosotros con tu poderosa intercesión la prometida irrupción del Espíritu Santo. Él transformará a estos débiles hombres, comienzo insipiente de la Iglesia, y les señalará la ruta a seguir, la ruta de la victoria.

Hoy entramos nosotros en esa sala del Cenáculo. Cada uno entra como esos discípulos llevando la propia debilidad, la de la Iglesia, la de nuestra sociedad.

 

8. Hoy entramos al Cenáculo para vivir en el Espíritu:

Ven y baja hasta nosotros como lluvia que humedece la tierra reseca, necesitada del Dios.

Ven Santo Fuego de Dios y empápanos el alma para ser hombres y mujeres que viven en el Espíritu, según el Espíritu. Ven para ya no dejarnos llevar más por el desorden de nuestra naturaleza que nos lleva por caminos de muerte.

Hoy entramos al Cenáculo para vivir según el espíritu, para poner el corazón en las cosas que nos dan vida, en todo aquello que le hace bien a nuestra alma, que nos hacen vivir bien. Ven Espíritu con la fuerza que necesitamos para dejar de hacer lo que no queremos.

Ven para vivir en el espíritu; como lo dice san Pablo: “Los que llevan una vida puramente natural, según la carne, ponen su corazón en las cosas de la carne; los que viven según el espíritu lo ponen en las cosas del espíritu. Las tendencias de la carne llevan hacia la muerte, en cambio, las del espíritu llevan a la vida y a la paz”. Rom 8,5

Ven Espíritu Santo para ser capaces de dar testimonio de Cristo allí donde Dios nos pone. Para estar atentos a las necesidades de los demás.

Ven, para poner en Dios definitivamente el eje de nuestra vida. Ven, para tener la sabiduría de vencer el mal a fuerza de bien.

Ven, con tu alegría y poder saludar dando alegría

Ven, para dar testimonio de que el Amor está vivo.

 

Retiro Centro La Providencia – Santuario de Schoenstatt Bellavista

 Junio 2017 – P. Agustín Álvarez Ch

 

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