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CRISTO HA RESUCITADO,    ¡VERDADERAMENTE HA RESUCITADO!

Fecha: 04/05/2017

Horario: 9:30 - 13:00 HRS

CRISTO HA RESUCITADO,

                        ¡VERDADERAMENTE HA RESUCITADO!

 

1. Tiempo de Pascua.

Durante el tiempo de la Pascua de Resurrección la Iglesia abre para nosotros los relatos de las apariciones de Jesús como el Resucitado. En ellas encontramos algo en común y también curioso: los discípulos no esperaban que Jesús resucitara. Cuando María Magdalena después de encontrar la piedra corrida del sepulcro corre y va a donde los discípulos y les dice: “Se llevaron del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo pusieron”. Pedro y Juan corren al sepulcro y dice la Escritura sobre Juan: vio y creyó. Es decir, mientras corre no cree. “Porque hasta ese momento no habían entendido la Escritura, según la cual él tenía que resucitar de entre los muertos” Juan 20,1-9. Cuando Jesús mismo se aparece a sus discípulos y Tomás no está con ellos, luego éste les dice “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y no meto mi dedo en el agujero de los clavos, y no meto en su costado mi mano, no creeré” Juan 20,19-29. Así también les sucede a los dos discípulos que con tristeza van camino de regreso a su pueblo de Emaús, Lucas 24, 13-35.

Quizás con facilidad digo: creo en la resurrección, pero ¿lo dice mi manera de vivir, de enfrentar las oscuridades en la vida?

Los discípulos de Emaús están en el fondo del pozo. Vuelven a su aldea porque todo ha terminado. Jesús que fue un profeta grande en obras y palabras terminó clavado, muerto y sepultado.  Todo fue un sueño del que han tenido que despertar con el golpe de la muerte. Ya no hay esperanza. Nadie que ha muerto puede salir por sí mismo de su tumba, ni mover la pesada piedra que la tapa.

Los discípulos de Emaús son hombres que regresan sin esperanza a su vida de siempre. La cruda realidad les ha destruido sus ideales. Ellos vuelven con el corazón triste, la mirada opaca. Ellos son hombres sin luz y han perdido el sabor de vivir por grandes ideales, por un amor grande.

 

2. Tiempo de conversión.

Los discípulos hicieron un camino de conversión hasta creer en el Resucitado, vivir desde él, desde esa verdad de fe, y dar testimonio. Jesús sabía que con su muerte sus discípulos romperían la relación con él. El Resucitado no corta con ellos, siendo la Víctima se hace  protagonista en la restauración de la relación. Él toma la iniciativa para acercárseles y hacer que “entiendan”, que “vean” de otro modo, desde la fe, desde la relación con él. Ése es el camino de la “Segunda Conversión” de los seguidores de Jesús.

Es así como a la Magdalena le sale el Señor al paso y al llamarla por su nombre ella lo reconoce. Tomás hace su hermosa confesión de fe: “Señor  mío y Dios mío”. A los discípulos de Emaús les arde el corazón mientras les explicaba las Escrituras, lo reconocen al partir el pan. A los discípulos reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos es Jesús quien entra y se pone en medio de ellos diciéndoles: “La paz esté con ustedes” y les confía una misión: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”, Juan 20,19-23.

¿Experimento la necesidad de conversión, de creer de verdad en que Jesús resucitó?

¿Doy testimonio de un Dios que venció, que vence y vencerá?

Dar testimonio de Jesús significa amar a su manera, con el amor del Resucitado, así como él me ama: el Señor mantiene la relación conmigo, por eso toma la iniciativa, me da la paz, cree siempre en lo bueno en mí y me confía una misión.

¿Cómo es el amor del Resucitado?

 

El amor se mantiene en relación

Desde el momento en que Jesús llama a cada discípulo es que comienza a vivir con ellos en una alianza de amor para siempre. Ese amor lo lleva como Resucitado a buscarlos. Mantener la relación es mantener el amor, así es que a Pedro le pregunta: '¿me amas?'. Este discípulo lo negó, otros lo abandonaron, pero a pesar de toda traición Jesús se mantiene amándolos. El amor de Jesús es fiel.

Jesús sale al encuentro de los discípulos porque se mantiene en relación con ellos. Pareciera que nada ni nadie puede romper ese vínculo de amor. Incluso con Judas es así. El Señor mantiene la relación con ese discípulo y lo vemos cuando responde llamando 'amigo' a quien lo entregaba con un beso. El amor en Jesús es más fuerte que toda muerte. ¡Señor, qué grande es tu amor!

 

El Amor toma la iniciativa

Porque el amor mantiene e vínculo es que toma la iniciativa cuando se rompe. El amor misericordioso de Jesús está siempre en salida. La iniciativa es algo que caracteriza al amor. Jesús no se queda esperando a que vengan a él, sino que es él quien va, él se dirige a quienes lo han traicionado, negado, abandonado, y que están a oscuras, sin esperanza, sin fe, para volver a encender en ellos el fuego del amor fuerte.

¿Está mi amor en salida siempre o pongo condiciones?

 

El amor es olivo de la paz

Jesús se presenta en medio de sus discípulos y dentro de todas las cosas que podía decirles les regala una palabra, la más preciada para quien está en lo hondo del pozo, y tiene el alma entre las garras del miedo y la vergüenza. Jesús les dice: “La paz esté con ustedes”. ¿Cómo habrán escuchado esos corazones que vieron su relación rota con el Maestro esa palabra de Jesús? El que habían abandonado les regala la paz. Esa palabra maravillosa les empapa el corazón con el perdón del que tan sedienta  tenían el alma. La paz dada por el Resucitado les hizo sentirse perdonados de todo lo que habían hecho, porque eran profundamente amados, más allá de lo que podrían llegar a creer o imaginar. La palabra 'paz' sale de la boca del Resucitado como paloma que lleva la rama de olivo después del diluvio en tiempos de Noé. Jesús renueva su alianza con los discípulos.

El Resucitado da la paz y cree que dará fruto porque confía que lo bueno que hay en el otro permanece siempre. Incluso hasta el pecador más pecador tiene un alma y Jesús cree y apuesta por lo bueno que hay en él. El Resucitado no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y  viva.

En cada misa recibimos la paz del Resucitado para regalarla a otros. Hagamos lo mismo fuera de la misa.

 

Testigo  de resurrección es hoja del gran olivo de paz

Quien ha sido tocado por el amor del Resucitado sufre con la falta de paz en sí mismo y entre las personas. Con su vida dice: No a la indiferencia, al mirar para otro lado. Por el contrario el que ama desde el Resucitado se involucra como el buen samaritano que sufre por la violencia en el otro. El papa Francisco se involucró con la situación de Egipto con su visita. No por buscar la paz se ponga un manto de aparente armonía donde no la hay, es necesario reconocer errores y pecados. La verdad es necesaria para la paz. No hay paz fundada en la mentira. Importante: buscar la paz también con la oración que es también una acción muy eficaz.

¿ Me percibo en situaciones de conflicto indiferente?

¿Dónde hace falta que actúe por la paz, que ore por la paz?

 

El amor da una misión

Esos discípulos llenos de temor reciben algo más allá de todo lo esperable. Jesús no sólo les da la paz, sino que además les entrega una misión. El Resucitado confía en ellos a pesar que humanamente visto son lo menos confiables que hay. No se puede contar con quien no se sabe si volverá a fallarte, a negarte por buscar el propio beneficio. Pero Jesús vuelve a confiar. El Señor pareciera no hacer caso de esa posibilidad y se arriesga nuevamente a confiar. El Resucitado les confía un poder insospechado: el perdón. Desde ese momento los discípulos y sus sucesores tienen el poder de perdonar y de retener los pecados. ¿Puede haber un poder mayor? El sacerdote recibe el poder de administrar el perdón de Dios, aunque es sólo un hombre; él no se da a sí mismo ese poder. Dios se hace dependiente de hombres consagrados para perdonar. Desde entonces el perdón es patrimonio de la Iglesia y parte de su misión.

 

Testigos de Resurrección, agentes de perdón.

¡Cuántas veces hemos sido perdonados! ¿Podemos contarlas? Y Dios no se cansa. Porque hemos sido perdonados mil veces es que yo no puedo hacer más que perdonar las ofensas. Hemos de ser personas que perdonen fácilmente, que lo tengamos en la punta de los labios del corazón. No queremos quedarnos 'enrollados' en nosotros mismos ni en aquellos que nos han ofendido, que nos dañaron, sino ser fáciles para perdonar porque somos tan amados y tan perdonados.

En cada misa rezamos la única oración que nos enseñó Jesús y en ella decimos: “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Si bien Dios no se cansa de perdonar su poder tiene un límite cuando nosotros no perdonamos al que nos ofendió.  El perdón de Dios es dependiente de mi propio perdón.

 

¿Me considero que perdono con facilidad?

¿Necesito hoy dar el perdón?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Retiro Centro La Providencia – Santuario de Schoenstatt Bellavista

Mayo 2017 – P. Agustín Álvarez Ch