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El CIEGO DE JERICO

Fecha: 16/03/2017

Horario: 9:30 - 13:00 HRS

El ciego de Jericó

Mc 10,46-52

Salía-Estaba-Oír- Se detuvo_

Animo, levántate, Él te llama

Arrojó/ saltó / fue –Preguntó – Siguió

 

 

¡Gracias, Señor!

Hoy al iniciar este año vuelvo a asombrarme y a agradecer por ser parte de este río de vida que es la Fundación. Como un torrente de vida no nos cansamos de llevar el perdón, la alabanza y la Palabra a los hombres y mujeres sedientos de Vida. Doy gracias por ser discípula que contagia de Vida que ha bebido.

 

Recordar y reconocer

No puedo ni quiero olvidar que yo también estuve al borde del camino. Vivía sin vivir de verdad. Hasta que fui contagiada por el rocío de agua viva que comenzó a humedecer todo en mí. El discípulo es también un “convertido”. Uno que pasó de la aridez del desierto a la abundancia de la Vida, y sólo quiere que también otros recorran ese camino de conversión.

También reconozco hoy que algo de mí aún está al borde del camino. No por seguir al Señor todo en mí está completo, acabado. En parte sigo siendo esa necesitada. Toda la vida es un camino de conversión, de ser más y más Su discípula. Hay dimensiones en mí que aún no se dejan tocar por el agua viva de Jesús. También hoy llevo conmigo min límites, esa miseria que me aprieta, que me amarra como un manto quitándole al alma, a la mente esa amplitud, esa libertad propia e que ama. Sigo también hoy siendo una necesitada de misericordia.

¿Qué es aquello que hoy me quita libertad, amplitud, flexibilidad, que me estrecha para darme y servir ?

 

Y hoy ¿oigo?

La fe viene de escuchar, dice San Pablo. Si hoy soy discípula del Señor es porque en un momento de mi vida escuché hablar sobre Jesús. Oí no sólo con los oídos, sino que con el alma y la mente. Fue un oír, un percibir Su presencia en mi historia, en mi vida. Doy gracias por aquellos que me hablaron así de Jesús, aquellos que me transmitieron Su presencia, Su amor incondicional, Su perdón. ¿Qué sería de mí hoy si nadie me hubiese hablado así del Señor; si hubiese permanecido sin percibir su presencia? Todo es diferente cuando tengo la certeza de esa Presencia que me ama inmensamente.

¿Llevo conmigo ataduras, durezas, miedos que cierran mis oídos, que me bloquean y no me dejan darme-cuenta de que Él también hoy está aquí conmigo? ¿Cuáles?

 

Gritar-le

Como el ciego Bartimeo para romper esas ataduras, esos miedos hay que gritarle a Jesús. Con el tiempo he aprendido a perder toda compostura cuando se trata de no dejarlo pasar. Pareciera que la necesidad puede llevarnos a hacer “locuras cuerdas”, locuras con sentido. ¡Cuántas veces en mi camino de discípula he elevado desde lo más hondo de la propia miseria mi voz suplicante! ¡Cuántas veces he sido una súplica, un grito que clama por mí y por otros! Grito que es oración, y que tiene la esperanza de detenerlo, de no dejar pasar a Jesús. Ese grito es también una alabanza porque lo reconozco a Él como único Dios verdadero que puede dar vida, es el Hijo de David.

 

Se detuvo

El grito del ciego: Hijo de David, ¡ten compasión de mí! Tiene el poder de detener a Jesús en su marcha. El “arma” del discípulo es justamente su fe y su miseria. El Señor no puede permanecer inconmovible ante la fe auténtica y la miseria que clama. El discípulo tiene el gran poder ante el corazón del Maestro cuando clama a él con fe y reconociéndose ante él como un necesitado. La oración del discípulo tiene un poder enorme cuando nace de lo más hondo de un corazón que cree y es pobre.

¿Tengo consciencia que mi “gran poder” como discípula es mi fe y mi miseria? ¿Mi miseria es algo que me arroja a los brazos de Jesús o me encierra en mí misma? ¿Me educo en una sana consciencia de culpa o soy más bien escrupulosa?

 

Llámenlo

Jesús no llama directamente al ciego, sino a través de sus discípulos. También el Señor me llamó a mí a ser su discípula a través de personas que fueron sus instrumentos. Y me sigue llamando hoy. A Jesús le gusta actuar a través de sus instrumentos. Hoy puedo agradecer por esas personas que me hicieron oír la voz del Señor y comprender que él me llamaba. También hoy a través de otros Él vuelve a llamarme. Comprender que es Él quien me llama me da la fuerza para arrojar mis miedos, mis comodidades, mis amarras para ir hacia Él y seguirlo.

¿Cómo experimento hoy la llamada del Señor a ser monitora? ¿Hay algo que se resista en mí?

 

¡Ánimo, levántate! Él te llama.

En estas palabras encontramos la misión que el Señor le encomienda a sus discípulos. Como pastoras de su rebaño nuestra tarea es siempre alentar, dar ánimo, levantar. Pero no como si fuera una estrategia, una metodología. He de transmitir ese ánimo, contagiarlo desde las vivencias que me ayudaron a levantarme a mí. Eso es contagiar con la vida con que yo misma fui contagiada. Se trata de un profundo convencimiento, no de un puro método. Cuando tengo esa convicción encontraré las palabras correctas, la manera adecuada para saber abordar las debilidades humanas que padecen los que el Señor me confió.

Nosotros sabemos que la razón última para levantarse en la vida, incluso desde el más hondo desánimo, está en el “descubrimiento” de que soy amado, soy profundamente amada. Llamar a otros es transmitir que: “Tú eres amada, y el que te ama te llama a ir hacia él. Él  quiere estar contigo y te necesita; eres muy valiosa a sus ojos”.

La oración de alabanza es un modo de cultivar este ánimo que nace al dejarse contagiar por el Espíritu.

¿Cultivo la oración de alabanza? ¿Cómo puedo seguir creciendo en ella?

 

Arrojó – saltó – fue hacia él

La fuerza del llamado de Jesús detona una fuerza inesperada en el ciego. Quien se deja tocar por ese llamado arroja lo que lo ata y le quita libertad. Esto es un proceso que le lleva a levantarse en la vida, a pararse en sus propios pies, en ser cada vez más adulto y asumir la propia vida sin esperar a que “la vida haga algo conmigo”. La llamada de Jesús nos saca de ese estado de “bulto” junto al camino de la vida. La fuerza del llamado me saca de esa pasividad o letargo que responzabiliza a otros, lo que me han hecho, a las circunstancias para no asumir la responsabilidad de la propia vida. El llamado de Jesús nos incomoda, nos inquieta para que la vida no se nos pase de largo, sino para que busquemos hacer algo valioso con ella respondiendo a su llamada. Su llamada me hacer ser protagonista de mi vida y no un espectador.

Preguntó ¿Qué quieres…?

Jesús  no dispone simplemente de los demás como si fueran empleados suyos. Así como con el ciego a él le importa y le interesa lo que yo quiero, lo que a mí me importa e interesa. Siendo él Dios me trata como a un igual. Con esa pregunta el Señor provoca que el ciego tome contacto con su pobreza, que la “vea”, la conozca y reconozca como propia. Es un verse a sí mismo ante quien es la misericordia. Como protagonista de mi propia vida es importante cuál es mi necesidad real, verdadera. Al manifestarla se rompe el círculo de la autocompasión complaciente que mantiene al hombre incapaz de hacer algo por el bien de sí mismo.

 

Lo siguió por el camino

Este pasaje es la historia de Bartimeo, el discípulo de Jesús. Como la de él la mía es una historia sagrada. Estoy invitada a escribir mi propia historia, de cómo fui llamada, del modo en que Jesús me contagió con su agua viva y me hizo salir de la orilla del camino de la vida para entrar en su camino siendo discípula misionera. Estoy invitada a escribir mi testimonio de fe. ¡Qué gran tesoro! Para mí misma, para no olvidar nunca cómo Jesús me hizo su discípula para siempre, incluso más allá de ser monitora. Recordar para agradecer, para alabar y vivir en la alegría, en la confianza de ser amada para siempre y soy enviada a los hombres. Fundo mi vida en la fe en Jesús, en que me amó y se entregó por mí.

 

 

 

Retiro monitoras- Centro La Providencia- Santuario de Bellavista

Marzo 2017 – P. Agustín Alvarez Ch.